Asumir el final

por | 25 de febrero de 2010

Érase que se era, en un viejo país, ha mucho tiempo ocurrió un suceso terrible y extraordinario. En aquellos tiempos de antaño, había una inveterada creencia que decía que, ante situaciones difíciles, los ancestrales conocimientos preconizaban la realización de un ritual. En tales ocasiones, ceremonialmente, se debía lanzar un libro sagrado al aire, y al caer, sin mirar, marcar con el dedo un punto al azar, y lo que se empezaba a leer desde él, era la predicción del problema y su consecuente resolución. Así había sido durante siglos, hasta que una vez, en mala hora, comenzó con un “Capítulo 18”. Y ya la tenemos liada. Porque esa era la indicación, no podían leer más, y la tradición va a misa, y no hay más cera que la que arde.

Los Sumos Sacerdotes, administradores de las Leyes Supremas en nombre de los Líderes Egregios, no se ponían de acuerdo. No había jurisprudencia que relacionase el susodicho artículo con la cuestión que los atañía. Por más vueltas que le daban, y por más enrevesadas que fueren sus sesudas elucubraciones, no atinaban en dar con la solución. “Que digo yo de hacer que se lo miren… que lo mejor es llamar a un guardia… y si lo ponemos del revés…” Y que si disquisiciones metafísicas por aquí, y que si discusiones bizantinas por acullá, se iba enredando más y más la madeja. Y el tiempo, inexorable, con indiferente desdén, se deslizaba vida abajo, como un carruaje engalanado, con dos mulillas campanilleras.

Apremiaba un compromiso, pues el desencanto entre el populacho por la capacidad de sus dirigentes, hacía imprevisible el desenlace. Las intrigas palaciegas se fueron sucediendo sórdidamente, ora sibilinas, ora frecuentes, y lentamente fueron cubriendo con su pérfido manto todo resquicio de sensatez. Avanzando sigilosamente, desde la más abyecta oscuridad, la anarquía (que es un bicho malo), cruel y despiadada, fue enseñoreándose del Reino. Finalmente, la chusma encolerizada desató su ira ciega y sorda sobre la ineptitud de sus Próceres, y fue un acabose de matanzas horribles, luchas intestinas y muerte por doquier. La de Dios es Cristo.

Sin embargo, un pobre y humilde promotor inmobiliario librose  de la escabechina. Al conocer el augurio, y tal como se enturbiaba el panorama, viendo que no en tenía muy seguras sus narices, en saliendo muy apriesa, se marchó del país sobornando a un aduanero interino, y huyendo en alocado galope, perdiose en la frondosa espesura del bosque. Más allá del horizonte, en un claro amanecer, comenzó una nueva vida. Y todo porque en un rapto de lucidez, en su exégesis predictiva, alcanzó a comprender que “el Capítulo 17, había concluido”. Fíjate.

Bueno, bueno, ¿Por dónde iba? Ah sí, perdonad, había salido a tomar unos vinos. Bien ¿Qué conclusiones podemos extraer de esta historia, caballeros y caballeras? No hace falta ser muy listo, como yo, para deducir que aferrarse a situaciones pasadas, cuyo quebranto produzca sentimientos angustiosos, no ocasiona sino más desconsuelo. Puede comprender desde un fracaso financiero, la muerte de un ser querido, o el más común y doloroso fin de una relación de pareja no deseado. Nuestra debilidad nos lleva al recuerdo de la pérdida añorada, un bálsamo que nos retrae a momentos más felices, como niños que no aceptan que el recreo se acabó. Y de este modo seguir atormentándonos.

Ello no hará más que hundirnos, alargar nuestra agonía. La evocación mantendrá abierta la herida. Mientras conservemos vivo en nosotros lo perdido, no podrá cicatrizar. Solo hay un camino, aceptar que terminó. Y eso es difícil, pero si queremos salir del abatimiento, hay que cruzar ese umbral. Para ello debemos observarnos, ponernos a un lado de los recuerdos, y verlos como fueron, realmente, sin disfraces.  Que tuvimos cosas buenas, y cosas malas, y también todo lo contrario.  Y no sentir vergüenza, que nos equivocamos porque no somos perfectos, porque amamos, porque debía ocurrir. Porque quizá fallamos, seguro,  y no hicimos todo lo que estuvo en nuestra mano. Porque no supimos más. Igual que con todos los que nos ofendieron, o así lo sentimos. Tanto da, sinceramente hay que asumirlo. Con naturalidad, sin engaños. Nos engañaríamos a nosotros mismos. Debemos dejar atrás la culpa y el odio. Romper esas cadenas. Solo entonces podremos perdonarnos. Si podemos hacer eso, perdonarnos, de verdad, a nosotros y a los demás, en ese momento estaremos preparados. Listos para dar la espalda a ese recuerdo, y encarar nuestro futuro libremente.

Y debo hacer una última reflexión para adelantarme a lo que estáis pensando: “Sí, sí, mucho discurso, pero seguimos igual de enanos”. Hijos míos, esto es lo que hay.

De Xavier Arriarán   http://www.autoayudaysuperacion.com