Mi mujer y el equipo de Baseball

por | 31 de mayo de 2016

Mi esposa observaba la gigantesca verga negra de reojo, e intentaba decidir si le permitiría al negro Esteban que le empujara su gigantesco bastón de ébano dentro de su pequeño culo. Mientras tanto succionaba las últimas gotas del pene de Charlie, que había eyaculado un montón, y a la vez acariciaba con su mano libre las bolas de Andrés. Mi compañeros del equipo de béisbol estaban haciendo desastres con mi mujer, y yo estaba ahí parado observando incrédulo, boquiabierto, como un niño sin reaccionar.

¿Cómo llegamos hasta este punto? Ah bueno, les cuento… Mi esposa Margarita y yo somos bastante fanáticos del baseball. Yo pertenezco a un equipo que juega los domingos en una liga amateur. Margarita me acompaña a casi todos los juegos, y por lo general somos una pareja bastante normal. Ni mi esposa ni yo somos nada extraordinario, físicamente hablando. Ella no es ninguna rubia de 1.90 con gigantescas tetas, ni modelo, ni nada por el estilo y yo no soy ningún adonis tampoco. Margarita es muy pequeña, morena, mide 1.51 cms. y pesa 48. Aunque tiene 26 años su cuerpo parece el de una gimnasta, con piernas y brazos fuertes, pero no tan musculosos. Yo diría que su característica más atrayente son sus nalgas. Son muy firmes y redondas. Cuando se pone falda los hombres le miran bastante sus piernas y su rabo. Yo tengo 28 años y brazos fuertes, que por cierto, de nada me sirvieron cuando todo mi equipo de baseball decidió coger a mi mujer.

El domingo pasado nos tocó jugar con el equipo de la universidad. Ganamos en el último inning 6 a 5 pero el partido fue muy reñido. Margarita estaba emocionada y contenta, a diferencia de las otras 3 ó 4 esposas de mis compañeros que a veces nos acompañan. Ese domingo el juego acabó a mediodía, así que decidimos reunirnos en mi casa a beber cerveza y ver más partidos por la tele. Ante la perspectiva de mas baseball, las otras esposas se fueron de “shopping”, pero Margarita no.

Así pues, llegamos los nueve hombres y mi mujer a mi casa, preparamos una pasta, y luego nos sentamos a tragar cerveza como cosacos y a ver el baseball. Yo me acomodé en mi sillón preferido, y Margarita se sentó entre Esteban y Jairo, nuestro catcher y nuestro tercera base. Se veía muy cómica sentada ahí entre estos dos sujetos, porque Esteban es un Negro gigantesco de cien y tantos kilos, profesor de físico culturismo además, y Jairo es un rubio flaco altísimo también. Ella parecía una muñequita, sobre todo cuando se quito los zapatos.

Entonces… tragedia… ¡se acabó la cerveza! Yo como buen anfitrión me ofrecí para bajar a la tienda para traer más cerveza. Salí de la casa y me demoré, no sé, ¿quince minutos tal vez? No me explico que eventos sucedieron para precipitar lo que aconteció ese día en mi casa. No sé quien le habrá dicho que cosa a quien otro ni cómo pasó. Pero cuando regresé a mi casa y abrí la puerta, me encontré con una escena que nunca voy a poder olvidar.

Cuatro de mis compañeros en pelotas sobándose las vergas para ponerlas tiesas, y tres mas afanados en proceso. Mi esposa en cuatro patas sobre el sofá, con Jairo penetrándola por detrás como a una perra, mientras que dos más le piden su turno al bate. Margarita, que se encuentra con una gigante verga en la boca, moviendo las caderas para obtener mayor penetración, voltea los ojos hacia mí y hacemos contacto visual. Después, me ignora, y sigue con su faena. Yo ahí parado, estupefacto, congelado. ¡No alcanzaba moverme ni para cerrar la puerta del apartamento!

Me quedo ahí mirando como, uno tras otro, follan con mucha fuerza a mi mujer, o le colocan sus penes en la boca para que les de una mamada. Al momento de casi acabar Pedro, Margarita retira el pene ligeramente de su boca y lo aprieta con la mano, para que yo pueda observar cómo el hombre expulsa toda su leche dentro de su boca. Acto seguido, Margarita gime, y Pedro dispara toda su carga. Margarita la traga toda sin complejos. Enrique, que está al lado, observa todo esto en primer plano, y se excita tanto que también se corre con un espasmo, pero no le atina a la boca de Margarita y le da cerca del ojo. Margarita se sonríe. Siempre se sonríe cuando tiene un orgasmo.

Así pues, mi equipo le hace un tren a mi esposa. La voltean, le dan vueltas, la ponen en todas las posiciones, la penetran todos repetídamente, y acaban ensuciándola por todas partes con su leche. Ella recibe todo como una autentica campeona. Margarita se sonríe unas cinco o seis veces más. Luego, le toca el turno a Esteban, el negro imponente.

Esteban se acerca y empuja a nuestro short stop hacia un lado, y luego levanta a Margarita por las caderas como a una niña pequeña. Le dice “Ven, perrita ven, yo te enseño como se hace en las grandes ligas.” Los demás se sientan para ver el espectáculo, y comienzan a acariciar sus vergas para revivirlas. Al fìn y al cabo, no es todos los días que uno puede ver un órgano de esa dimensión en acción. El negro se sienta en el sofá, y con facilidad coloca a mi esposa encima de su monumental pene. Afortunadamente para Margarita estaba bien húmeda y lubricada con toda la leche que le habían eyaculado adentro, así que el coloso se desliza fácilmente hasta que sus bolas tocan con las labias de sa vagina. Margarita voltea una vez para ver mi expresión.

El hijo de puta de Jairo, ya erecto y potente otra vez, decide que es una buena idea darle a Margarita por el culo también, en doble penetración. Los otros por supuesto, están de acuerdo. (Un día voy a matar a Jairo). Entonces Jairo se acerca por detrás y le hace gestos a Esteban para que deje de zarandear tanto a Margarita, para poder penetrarla por detrás. Intenta clavarle la verga pero esta entra solamente hasta la mitad, cuando Margarita hace un gesto de dolor. Jairo se retrae y va para la cocina. No me explico cómo supo donde estaba el aceite de maíz pero regresa con un litro. Lo vierte sobre la espalda de mi esposa, sobre su culo, y sobre su propio pene. Ahora sí. Ya mejor lubricada mi esposa admite a todos los interesados a follar su pequeño ano. Con la sonrisa de oreja a oreja, levanta su rabito para que, uno tras otro, los siete hombres la follen ferozmente y terminen dentro su recto. ¡Charlie hasta repite! Y mientras tanto el negro debajo mueve las caderas de Margarita en círculos para obtener el máximo placer.

¿Creen que eso fue todo? Pues no. Falta el gran final. Jairo le sugiere a Esteban “Oye Negro tienes que probar este culito” y acto seguido le coloca el pene en la boca a Margarita para que se lo “limpie”. (De verdad que debo acordarme de matar a Jairo). El negro acepta la sugerencia. Saca su pene reluciente y mojado por los múltiples orgasmos de la cuca de Margarita y esta mira el brillante falo negro. Esteban se coloca atrás y susurrándole algunas palabras al oído le presenta el pene en el hueco del ano. Margarita mira hacia atrás, sobre su hombro, todavía desconfiada porque piensa que le va a doler mucho. Pero ya su culo había sido bien preparado por muchas penetraciones esa noche. El negro clava lentamente cada centímetro de verga, hasta la empuñadura.

Hasta ahí llegue yo. Tome mi billetera y me largue de la casa. La ultima cosa que vi fue al negro empujando salvajemente su monstruosa verga dentro del culo de mi esposa mientras que mis compañeros lo ahupaban en coro diciéndole “¡Mas duro negro! ¡Mas duro!” y le gritaban groserías a mi mujer. Esta gemía y tenía una pequeña lágrima bajaba por su mejilla, pero sonreía como nunca la he visto sonreír. No pude más y me fui.

Esto sucedió hace dos semanas. Desde entonces me he sentido demasiado humillado para hablar con mi esposa. No sé qué le pasó a Margarita. Hasta cierto punto el encuentro fué algo excitante, pero me tomó por sorpresa y yo soy chapado a la antigua. No sé si puedo seguir con ella. En fin, ya les contaré cómo me va.

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